lunes, 26 de octubre de 2009

los colores de la mañana en el metro


que el cielo zaul y la piel sonrodsfa
que bajo tierra no ven al sol que tuesta
que se arrastran hasta advertir nubes lilqs cirniéndose

sobre esta ciudad girs que llueve penas vgrdes
sobre oálidos pasajeros leyendo noticias amzrillas gratuitas
sobre moribundos masturbando miedos rpjos

o muere una vida negra en la oficina
o bailo abrazado a la inmovilidad


y voy a trabajar
y vuelvo de la nada


© 2009 Alejandro Tellería. Derechos reservados.

domingo, 25 de octubre de 2009

Un sueño en la cabeza, y más

Me gusta ver, en la nota que publica hoy El País Semanal sobre el Alzheimer que padece el ex-presidente catalán Pasqual Maragall, que el reportero Juan José Millás no tiene ni la más pequeña experiencia previa con un enfermo de Alzheimer. No sabe de la agridulce experiencia de negarle a diario las pequeñeces -sal, azúcar, un buen trozo de carne- que mi padre, enfermo incipiente, cree necesitar para ser feliz pero que, porque también es hipertenso, le podrían matar. Millás tampoco tiene nadie a quién decirle todos los días que no le han robado la cartera ni las llaves del coche, omitiendo el detalle de que no puede llevarlas porque las pierde; no ha llevado a arreglar por enésima vez un radiograbador de 1981 -una preferencia que Sony quizás agradecerá a Maragall pero no a mi padre- que es el único aparato de donde él quiere escuchar sus tangos; mucho menos ha escuchado por momentos a su padre hablándole con un cariño anormal y extraño porque -eso sí, lo oculta pudorosamente- aquel viejo querido no sabe con quién habla.

Gracias, Millás, por no saber que tu artículo agridulce me desata una lágrima. Y, para que no saberlo tampoco te sepa mal, yo también ignoro lo que es el Alzheimer: mi hermano me lo tiene que contar a diario por e-mail desde Perú, donde este hijo inmigrante le dejó hace años y de donde él también le traerá.

jueves, 15 de octubre de 2009

Por años trató de volar


y creía fervientemente que –cuando fuera mayor y tuviera todo bajo control– podría hacerlo. Como desde pequeña había sido despierta, sabía que nunca dejaría de ser pequeña ni despierta y que, muy a su pesar, nunca podría acercarse mucho al cielo y las nubes.


Lo primero que hizo cuando tuvo independencia económica fue comprar un pasaje de avión a Australia para ver si disfrutaba estando tan cerca de su objeto de deseo por cuanto tiempo durase el vuelo. Pero no pudo darse mucha cuenta de lo celeste que era su bóveda adorada desde el lavabo del avión, porque la invadieron tales arcadas que se quedó metida allí la mayor parte del vuelo y tuvo que rogar a la azafata para cambiarse a un asiento que le hiciera más fácil y veloz cada evacuación. Por eso tuvo que descartar la idea de cumplir su sueño en aviones.


Años después y luego de tarotistas, psicólogos, muchos novios y hasta un marido, en esa edad a la que las mujeres se dan cuenta con horror que fueron más bellas el año anterior, encontró la solución: una parte de ella llegaría al cielo y las nubes. Vio en un periódico la publicidad de una tienda donde se vendían cometas, pero a esa edad en que la belleza se empieza a alejar de una mujer –como la cometa que tanto quería; como a ella, tal vez por eso quería tener a su belleza asida de un cordel– aparecen cosas más importantes que alcanzar el cielo, y traspapeló el periódico. Recordaba lejanamente que el lugar estaba en alguna parte entre las calles Aragón y Mallorca, pero estas calles eran paralelas y tan largas que la búsqueda iba a ser extenuante. Aún así, caminó calles incógnitas hasta que, en una de ellas, vio una pequeña puerta con un letrero que decía Graf Zeppelin, del que sobresalía un pequeño dirigible. Por lo aéreo del nombre, pensó que aquel sería el lugar donde vendían las cometas y tocó el timbre. No pensó lo mismo cuando quien salió a darle la bienvenida fue un inmenso moreno vestido de negro y cadenas, con el rostro maquillado y los labios embarrados de rojo.


Regresó a cero. Eso sí, sentía que se alejaba el momento en que la cometa distraería su obsesión infantil. Pero le sería difícil hallar una cometa pequeña y obstinada y neurótica como ella, pensaba al pensar en la cometa que sería suya y ella a la vez. Una semana después de perder la última esperanza –no podía dedicar toda la vida todo el día a esperar– encontró el lugar. El letrero exterior le hizo recordar con violencia el nombre que, de haber conservado en la cabeza, tanto esfuerzo le hubiese ahorrado: La Bici Mágica, en la calle Enrique Granados entre Aragón y Mallorca (más fácil que esto le hubiera sido recordar calle y número, pero a esas alturas de su vida, viviendo en una ciudad bar y, encima, metiéndose a diario dosis cada vez mayores de felicidad por la nariz, las neuronas tienen permiso para irse de fiesta la mayor parte del día).


Salió con la cometa en las manos y se dirigió hacia la parte más alta de la montaña, a hacerla volar al viento. La dejó en el suelo y echó a correr, con su cordel asido en la mano, a volar con ella, sin ella, para siempre.


© 2009 Alejandro Tellería. Derechos mundiales reservados.


sábado, 10 de octubre de 2009

Nina, te prometí

que haría el esfuerzo, y fui. No quise quedarme sin saber qué tenías que proponer, madre del punk, en el año 2009, veinticuatro después de tu Ecstasy Drive, y ya me quedó claro: aunque de físico conservas mucho de la imagen de siempre, convertirte en predicadora le ha quitado pólvora a lo que en vida fue tu música, una explosión combinada de creatividad en el fraseo, provocación en la puesta en escena y lujuria tonal.

En una sala Razzmatazz 1 a medio aforo, los presentes anoche sólo pudimos ver el estado actual de la singular carrera musical de Nina Hagen, ya supeditada al dios en quien cree ahora, uno que predica en el peor lugar y momento para hacerlo. Para ello, usar la estética Hagen de siempre -asociable con cualquier divinidad menos la cristiana protestante que ella profesa ahora- en los carteles que la anunciaban en la ciudad no fue lo más cristiano ni honesto, y a lo largo de la presentación quienes mordimos el anzuelo publicitario -roqueros de mi edad que se veían más viejos que yo, y jóvenes que se quejaban de que Greenday fuera hoy más punk que ella- íbamos sintiendo que no había valido la pena ir a verla. Ya había empezado mal para quienes entendíamos su inglés acentuado, por la prédica con guitarra acústica que se mandó para romper el hielo, y progresivamente se nos desmoronaría el mito al son del estofado de rockabilly, rock pesado, hip hop, blues, medios tiempos, swing, alardes pseudooperísticos, cabaré y cualquier cosa que se le pasara por la hoy santa cabeza y que guardaba pocos factores comunes entre sí, salvo su intacto chorro de voz. Tratando de usar la telepatía de los extraterrestres en los que suele creer, le decía en silencio ya sé que tu voz está bien, Nina, basta de tonterías y muéstrame quién eres, hasta que apareció el punk: metió, nadie sabrá a cuento de qué, una versión terrible del Hasta Siempre, Comandante que Carlos Puebla dedicó al Ché Guevara, en un castellano lamentable que le destrozó cualquier belleza posible. Eso es el punk para ella ahora, hacernos vomitar del asco, pensé, y como muchos otros asistentes -se nos vería en los ojos- a punto estuve de largarme maldiciendo al mítico Razz.

Y otra vez, ya in extremis, me rompe el esquema Sor Hagen: despertó a todos del asombro mezclado con sueño de la velada, sacando de la chistera una versión de Rammstein, Seemann, luego Riders On The Storm de The Doors, y dio final al trayecto con su revisión típica del My Way de Sinatra, que me dispuse a filmar para guardar registro... cuando lo imposible sucedió: de las puras ansias de diversión, la gente empezó a poguear




tímidamente, sin jamás alcanzar niveles de antaño pero ya se movía la masa humana (por eso se me corta el vídeo, y de ahí a poguear), lo cual es un mérito en la sociedad que conformamos ahora, bípedos inplumes que sólo se tocan para tener sexo o matarse. Se bailó frenéticamente, se disfrutó: al menos, supe que Nina Hagen no había muerto y sí, está como una cabra de loca, algún día recapacitará, pero el respetable se le entregó, por fin, dando por bien pagado el precio de la entrada. En el bis, de nuevo a garganta y guitarra peladas, sale el remate con un potentísimo cover del Ave María de Schubert con posterior cierre de faena, por todo lo alto, cortesía del Lust for Life de Iggy Pop.

Con ese final,
te respeto y perdono -insisto con la telepatía- no haber tocado Iki Maska, Born In Xixax, Smack Jack, 1985 Ecstasy Drive, Flying Saucers ni Zarah: eso sí, tranquilízate, Nina, no cambies tanto; no podemos seguirte el ritmo cerebral. Y creo que no hay quien pueda.

sábado, 3 de octubre de 2009

Los casetes mentales

que toda la vida he llevado en la cabeza -herencia musical de mi padre y madre- están ahora aquí. Los he encontrado y sonarán aquí uno a uno para que quien lea esto, posiblemente, disfrute de ellos.

1. Toro mata - Caitro Soto - Género musical desarrollado ancestralmente por esclavos negros del valle de Cañete, al sur de Lima, Perú, el Toro Mata es el tema representativo de la cultura afroperuana. Carlos Soto de la Colina lo interpretó por primera vez en 1973.

2. La flor de la canela - Chabuca Granda - Vals peruano compuesto por ella misma en 1950, es un emblema permanente de la ciudad de Lima.

3. Por una cabeza - Carlos Gardel - Tango de Gardel con letra de Alfredo Le Pera, grabado por el "Zorzal Criollo" poco antes de su muerte, en 1935, para su última película Tango Bar.

4. Lydia the tattoed lady - Groucho Marx - Tema interpretado por Groucho, compuesto por Harold Arlen y Yip Harburg para su película At the circus (1939).

5. Yiri Yiri Bom - Pérez Prado feat. Benny Moré - compuesta por Silvestre Méndez, en 1946 don Dámaso se la estira al Bárbaro del Ritmo para que la convierta en un clásico con su voz.

6. Jump in the line - Harry Belafonte - Canción de 1961.

7. Smile - Robert Downey, Jr. - Canción original de Charles Chaplin, a la que la voz del gran actor norteamericano aporta una solidez genial.

8. Hey Nineteen - Steely Dan - clasicazo de los juerguistas seudojazzeros Walter Becker y Donald Fagen. Nótense the Cuervo Gold y the Fine Colombian.

9. Fortunate Son - Creedence Clearwater Revival - tema de 1969 sobre un soldado que no tuvo enchufe para evitar ser enviado a Vietnam. La voz de John Fogerty identifica al personaje.

10. Jet Airliner - Steve Miller Band - canción de 1977 sobre la melancolía de la vuelta al hogar, dulce hogar.

11. You're Gonna Miss Me - The 13th Floor Elevators - Así de amargamente lloraba Roky Erickson sus penas por una mujer en 1966. Por eso terminó en un siquiátrico.

12. Demolición - Los Saicos - la Lima de 1964 parió esta maravilla del psychobilly, garage rock, punk o como carajo se le quiera etiquetar.

13. Too Late - Black Sugar - Jaime Delgado Aparicio produjo en 1971 esta joyita del barrio limeño de Breña. Interpretan Miguelón Salazar en la percusión, Coco Salazar en el bajo y Miguel "Chino" Figueroa en las teclas.

14. Llegó la banda / Aires de Navidad - Héctor Lavoe & Willie Colón - temas grabados en 1971 para su disco Asalto Navideño, estas canciones animaban las fiestas que más recuerdo de mi infancia.

15. Amigo - Illapu - con un disco llamado adecuadamente Raza Brava (1977), el legendario grupo de música andina se buscó la injusta expulsión de Chile que el régimen de Pinochet, afortunadamente para ellos, les impuso cuatro años después.

Nos gustan las etiquetas


porque nos reducen el pensamiento a simples palabritas que identifican lo que vemos. De acuerdo, se puede hacer, pero no hasta quitar identidad al arte original y restringirlo a la cuadrícula chata de lo ya establecido.

Por estos días un grupo de amigos de barrio, unas guitarras, una batería que aporrear y tres acordes bastan para formar un grupo musical y -seamos sinceros- estrenarse en las relaciones sexuales por todo lo alto. Es un esquema fácil de copiar y muchos lo hemos hecho, con mayor o menor éxito en cada caso; total, y en orden cronológico, siempre había la radio, un amigo pudiente que volviese de Estados Unidos o de Inglaterra con los últimos discos, o internet para tomar referencia de sonidos nuevos que dieran identidad original a todo adolescente que la buscara. Eso pasa hoy. Sin embargo, ¿se atrevía alguien en 1964 a desafiar el imperio de la belleza animal de Elvis o las conquistadoras voces de los Beatles, lanzando su rocanrol al público en toda pantalla, escenario y disco de vinilo? La respuesta fácil es no. La difícil es sí, habían cuatro chicos: una pandilla de amigos que se hizo llamar Los Saicos.


Volvamos un momento más a los Estados Unidos y la Inglaterra de inicios de los sesenta. Tales entusiastas eran jóvenes inexpertos en todo incluyendo la música, que eran enviados por sus padres a ensayar en el lugar de la casa donde causarían menos daño auditivo al prójimo: el garaje del coche, que daría hogar y origen al garage rock, la primera etiqueta de esta historia. Los chicos se juntaban así en las ciudades, periferias de ciudad e incluso áreas rurales, sabiendo que el mayor triunfo que conseguirían vendría de jovencitas regalándoles sus encantos a cambio de música -bien o mal hecha, pero con más gritos y distorsiones auditivas que lo entonces normal- y letras donde ellas pudieran sentirse protagonistas. Poco más querrían ellos, lejos de estrellatos mediáticos y grandes fortunas, con lo que la pulsión de miles de jóvenes integrantes de dichas bandas moriría engullida por el sistema capitalista del trabajo y el consumo. Esta era la situación en el mundo anglosajón, pero ¿Los Saicos surgieron allí? No: en un barrio de baja clase media de Lima, Perú. En Sudamérica, por si a algún distraído se le escapó el detalle.

Pero ¿cómo? ¿No estaban allí todos con las plumas y el fusil, bailando guaracha, mambo o danzas de lluvia, montando revoluciones de juguete con dictadores bananeros que se colaban en la oligarquía para vivir como ella? Pues no. No todos los jóvenes querían aquello, porque la disconformidad no usa pasaportes: Los Saicos fueron contemporáneos sin saberlo -porque no tuvieron manera de conocerlos- de The Kinks, The Who, The Animals, The Yardbirds, The Small Faces, The Pretty Things y de los mismísimos Rolling Stones.

Hay quienes dicen ridiculeces sobre ellos atribuyendo a Los Saicos etiquetas de telepatía musical, genialidad y paternidad del punk pero Erwin Flores, su vocalista, esquiva tanta simpleza diciendo hoy lo mismo que decía en aquella época: "sólo queríamos divertirnos".

Foto: placa conmemorativa en la calle de Lince (Lima, Perú) donde surgió la banda, en la que se le reconoce (entusiasta, pero equivocadamente) como la primera banda de punk rock del mundo. Es una etiqueta, al comienzo dijimos que no nos gustaban, pero un poquito de orgullo sí que da ésta.

El que se caiga, que se levante

como mi ídolo Groucho Marx: callado del hocico, y que no venga a lloriquear diciendo que pobrecito yo, que todo me pasa y no tengo padre ni madre ni perro que me ladre. Ya estamos grandazos para quejas y mariconadas de ese calibre, que inventamos sólo para creernos que está justificado nuestro puchero infantil. Se trata de ser niño libre e indómito y no adolescente aspaventoso y gemebundo; hace tiempo -no he tardado mucho en recodarlo- que dejé de poner excusas cuando se trata de tomar acción y tengo pereza de hacerlo, o de pelearme contra lo que no podré cambiar. Mi objetivo en esta vida es reencontrar la música dentro de la impávida existencia humana.

Ah, y por cierto: mi padre se encuentra mejor.


Foto: anuncio publicitario de promoción del programa de televisión You Bet Your Life, que Groucho condujo entre 1948 y 1961.

martes, 29 de septiembre de 2009

Quiero que termine el día

porque nada me ha salido bien. Mi padre sigue ingresado en el hospital mientras averiguan porqué se desvanece y queda sin respiración, me ha llegado una multa por 105 euros donde el policía me multa porque -según él, y no es verdad porque yo estaba tan consciente que hasta me hizo un test de alcoholemia y di negativo- yo no llevaba el casco asegurado, y en un accidente absurdo un coche ha golpeado mi moto, para luego hacerla caer y darme un golpazo en el muslo con el manillar. No hemos hecho parte a la policía porque sus daños son pocos y parece que los míos también; ojalá que no quiera seguir con el asunto porque, encima, parece que la culpa es mía.

Felizmente iba despacio, no bebo y creo en mí mismo: espero que todo se arregle.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Ahora resulta que soy responsable


de la pérdida de una bicicleta linda, de esas muy limpias y de neumáticos blancos que usan los extranjeros acomodados aquí. Tengo lagunas de pensamiento donde me apetece pagársela a la periodista que sin querer quiso hacerme el reclamo, y con eso deshacerme de todo el entuerto, pero ella me permite vivir con esta culpa y aquella deuda sin que yo me disculpe ni ella me cobre.

En el mes de diciembre, era invierno en el patio del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y ya no se podía estar sin ropa gruesa. Pero adentro Javier Cisneros creaba calor para todos los que le veíamos disertar jocosamente sobre la literatura hispanoamericana: yo, escritorcillo en ciernes pero curtido abogado de la ley de la calle, me había enterado de la conferencia gratuita y había llevado conmigo a esa periodista autónomamente ilegal, en realidad venida a buscarse una vida mejor pero protegida por la corresponsalía de una de esas revistas culturoides de Lima que se regodean publicando toda la cultura que aparece en España y nunca llegará al Perú, y que le pagaban buenos euros por cada nota interesante que ella les mandase con algún peruano que no robase coches ni limpiase retretes. Cisneros había decidido deslumbrarnos por una hora, y luego largarse sin más del salón de conferencias. No iba abrazado a mayor abrigo que un gran vaso plástico de cerveza lleno de cubos de hielo y un líquido transparente, caminando hacia un patio interior seguido de una procesión mediana de admiradores que teníamos algo que reclamarle, un autógrafo las más guapas y cercanas a él, o una simple mirada que nos dijera gracias -aunque fuese sin sentir gratitud- para el público insignificante como yo. Una vez fuera, ella se metió de cabeza a la nube de fotógrafos y periodistas que le preguntaban de todo y yo me dediqué a escuchar las alabanzas que le hacían las fanáticas guapas, adornadas en cada caso con alguna oferta de amor sugerida por un discretísimo roce manual o hasta el sureño aleteo de pestañas que le hacía descaradamente una que parecía andaluza. Cisneros remontaba las olas de la tentación con la agilidad que le daba el helado mar de vodka en que buceaba y, al salir de él para respirar, empezaba a buscar una cara a la cual dirigirle una mirada que canalizara el agobio que no podía mostrar a los medios de comunicación. Encontró la mía, y así fue que obtuve de él una falsa sonrisa partida por mitad que, al menos, me agradecía los diecinueve euros con que había pagado su último libro en la librería de la viuda de Roquer de la calle Gran de Gràcia (su sonrisa no valió los diecinueve euros, la verdad sea dicha, pero ya me había regodeado con otra sonrisa: la de la viuda catalana que, cada vez que me estiraba la factura de la compra, me hablaba sin palabras del miedo que le daba la muerte de su pequeña librería a manos de la FNAC). Me quedé allí, con la excusa de ver cómo el escritor se cagaba en la presencia de sus lectores feos, cuando lo que de verdad quería yo era tentar a mi inexistente suerte y esperar a que me dirigiese una palabra y contestarle una genialidad de las muchas que llevo encima y que quisiese rodearse de ellas y que me invitase a ir a beber algo contundente con él y que yo pudiese sugerirle ir al cercano bar Marsella y proponerle que nos sintiésemos escritores malditos, él sin ser ya maldito y yo sin ser aún escritor

- Maite, me voy a buscar mi americana. ¿Dónde está mi americana? Maite, ¿dónde está mi americana? –el abrazo del vodka ya no le daba suficiente calor.
- Es igual, Javier. Vámonos de aquí, todavía hay muchos periodistas en la sala de prensa. Aparte, en el coche tengo otra americana –un reportero de El País amigo suyo competía conmigo en querer llevárselo a seguir bebiendo.
- Ven, Javier

y en ello estaba cuando vi, de pronto, mi pasaporte a instalarme y emborracharme de literatura y absenta en el Marsella, con Cisneros y su reportero de El País: le llamé por su nombre y le estiré su americana, que había encontrado en el suelo tras la puerta de salida del salón de conferencias. Me quedó mirando a la cara con un agradecimiento inmenso, de más de diecinueve euros, detectó mi acento

- Eres peruano, ¿no? Carajo… después dicen que los peruanos no somos honrados y que asaltamos coches en las carreteras. ¿Quieres beberte este vodka?
- Sí, gracias

y me dio su vaso. Quedaba una buena cantidad y la apuré de un sorbo elevando la cabeza para beberme hasta la última gota y llenarme el pecho de puro orgullo peruano por el compatriota exitoso que me invitaría, pero cuando la bajé Cisneros ya se iba del brazo del reportero ante los gritos de Maite que le reclamaba en dirección opuesta para una aburrida reunión con la prensa. Quise pensar que se iban sin mí al Marsella, llevándose con ellos mi ilusión de fanático en forma de americana de color marrón y a cuadritos. Me sentí con derecho a ir tras ellos, pero un ataque de autoestima desbarató la película que me había montado a solas y me clavó, inmóvil hasta en las cejas, en el suelo que pisaba.


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El invierno me regala calor en los bares pero sin la ilusión que ya me había robado Cisneros un par de semanas antes: hace unas semanas me encontré, zambullida en un montículo de botellas vacías sobre una mesa del bar Canigó, a la periodista o a su historia. Se había quedado persiguiendo los huidizos doscientos euros que cobraría porque esa noche Cisneros dejó, más que culturalmente, horticulturalmente plantados a veinte periodistas más por irse de farra, ella valiendo por los veinte porque necesitaba comer o hacerle una nota para la culturosa revista peruana

- ¿Cómo que tú valías por los otros veinte?
- Porque yo era la única peruana y a los peruanos todo nos cuesta más en España, mecagüentó

que, capitalistamente, no creía en ningún asistencialismo sudamericano del que no hablase un entrevistado. Mientras Javier me dejaba su limosna de vodka para ir a buscar absenta llevándose El País y mi ilusión del brazo y yo me quedaba ahí parado, mi amiga tuvo que tragarse todo el paquete de excusas light que a nombre de la editorial les invitó Maite, bien untadas del ofrecimiento de reservarles a Javier el jueves siguiente, después que firmara autógrafos en una librería del Paseo de Grácia. En efecto, varios días después, la premiada vedette literaria de la noche hacía su desgarbada aparición en la gran librería acostumbrada a comerse a sus congéneres y a recibir agradecimientos públicos de escritores consagrados. Los lectores empezaron a comérselo a él, convenientemente ausente de todo mientras firmaba libros abrazado al afilado cariño de su vodka. Mi amiga periodista había llegado tarde, y tuvo que amarrar su bici nueva –o recién heredada de una francesa acaudalada que se la dejó al ver que no podía vendérsela porque ella no podía comprársela– a la farola más cercana a la Casa del Libro, pensando con las prisas que era la de su propia casa

- Javier, una periodista de tu país dice que quiere…
- ¡No, carajo! Esto es lo último, yo ya estoy de vacaciones. No estoy para nadie

pero esa casa siempre le sería ajena y de ella salió hecha una furia, luego de una sudorosa hora, sin entrevista ni el alquiler del mes: su elegante bicicleta había desaparecido en las narices del vigilante que se entretenía la vista, unos pasos fuera de su puesto de trabajo y dentro del local, con las tetas de una de las cajeras.

He escrito esto después de lavar la ropa, limpiar el suelo y cocinar. Me ha alcanzado el tiempo: en media hora ella volverá a casa del trabajo de medio tiempo y en negro que se ha conseguido. Le he prometido una cena romántica y un enamorado que, a cambio de la bici y sus lágrimas por el robo, le dará alojamiento y de paso le sacudirá un poco el polvo de la soledad. Y eso del polvo tampoco es muy mal negocio, a decir verdad.

© 2009 Alejandro Tellería. Derechos mundiales reservados.

Muy a tono con los tiempos

que corren, un amigo abogado -amigos así me quitan el miedo de cualquier enemiga- ha enviado a mi correo electrónico el formulario estándar de un documento que, en ciertos casos, sería conveniente firmar. Lo incluyo aquí como modelo para su difusión, en su categoría de aviso de interés general para hombres, mujeres y personas de toda preferencia sexual.


Formulario estándar de Contrato de Follamig@ A-69


Conste por el presente documento el acuerdo de servicios a tiempo parcial que celebran, por una parte, D. ______________________ y por la otra Dña. _______________________, en adelante LOS CONTRATANTES, donde dejan constancia de la ausencia de sentimientos durante y después de las horas lúdico-erótico-festivas que dedicarán a realizar un(a) (serie de) acto(s) sexual(es) a denominar en lo sucesivo EL (LOS) POLVO(S).

En plenitud de sus facultades, LOS CONTRATANTES acuerdan:

1. Que el contacto entre LOS CONTRATANTES tratará exclusivamente de realizar EL (LOS) POLVO(S), quedando por lo tanto descartado cualquier sentimiento afectivo adicional exigible por la contraparte, sin perjuicio de los lazos de amistad que ya existieran previos a este Contrato. Cualquier error de interpretación, malentendido o derivado ulterior de parte de ninguno de LOS CONTRATANTES será causal de denuncia civil.

2. Que después de consumado(s) EL (LOS) POLVO(S), LOS CONTRATANTES quedan eximidos de toda obligación derivada de el (los) acto(s) sexual(es) exigibles a una pareja oficial, incluyendo pero no limitándose a conversaciones, discusiones, agresiones, planes para días próximos y cualquier evento no programado con antelación a EL (LOS) POLVO(S). Queda excluído de este artículo el llamado "pitillo de después" que por uso y costumbre de su forma LOS CONTRATANTES entenderán incurso en la legalidad del presente Contrato.

3. Que los sentimientos entre LOS CONTRATANTES no serán alterados en ningún aspecto. Es decir que al día siguiente, o en la siguiente ocasión en que LOS CONTRATANTES se reúnan, se mantendrán los sentimientos previos a la consumación de EL (LOS) POLVO(S). Se entenderá que tanto la disminución de afectividad como la aplicación desmesurada de la misma serán causal de denuncia por la parte contratante afectada.

4. Que LOS CONTRATANTES consienten en respetar lo estipulado en este Contrato y que para ello se denominan en privado o entre ellos FOLLAMIGO(A).

5. Que no se creará ni retirará ningún vinculo entre LOS CONTRATANTES como consecuencia de la cláusula inmediata anterior, y que la ocasión sólo se repetirá previa notificación y común acuerdo de LOS CONTRATANTES.

6. Que LOS CONTRATANTES guardarán completa discreción sobre EL (LOS) POLVO(S). LOS CONTRATANTES sólo podrán relatar los hechos a una persona por cada punto que se asigne a EL (LOS) POLVO(S) en una escala del 1 al 10, siendo el 1 "lo peor" y el 10 "algo divino", y que dicha persona oyente deberá ser totalmente ajena, al menos, a uno de LOS CONTRATANTES.

6. Que el incumplimiento de la cláusula anterior será causal de rescisión temporal o permanente del presente Contrato, sin perjuicio de la(s) demanda(s) por daño(s) y perjuicio(s) a que por tal incumplimiento haya lugar.

7. Que el presente Contrato tiene vigencia desde la fecha de su firma, y que se entenderá indefinido mientras no se actúe en contrario a él.

Firmado en __________________, a ___ de ________________ de 20___.






Firma de los contratantes

domingo, 27 de septiembre de 2009

Me pongo a pensar

y se me ocurre que esto de ser cronista de la plaza donde vivo, y demás pajas, viene más que a cuento.

Hace casi cuatrocientos años, en el entonces Virreinato del Perú, un señor al que llamaban indio ladino pero cuyo verdadero nombre era Felipe Guamán Poma de Ayala, escribió Primer nueva coronica y buen gobierno (sic), una larga carta dirigida a Felipe III de España con 1.180 páginas y 398 ilustraciones que explican la cosmovisión y genealogía de los Incas describiendo, con una prosa que transpira su lengua materna llamada quechua, la pésima situación a la que estaba sometida la población.

Como descendiente directo de Guamán Poma -según documentos que puedo aportar a solicitud- he hecho el viaje inverso al de mi requete-tatarabuelo a fin de cumplir el encargo directo del décimo quinto Inca del Perú, al que sirvo con diligencia y quien reclama información actualizada sobre el reino que hoy pretende conquistar, después de haber sido conquistado y expropiado el suyo hace tiempo. Las tribus contemporáneas locales con denominación de origen -dígase catalanes, charnegos, españoles, guiris, sudacas, moros y pakilatas- dan tema para esta descripción informativa y para mucho más.

Y a ello nos pondremos.

Más nutrición

pero ahora de la buena: este fue todo un descubrimiento.

La primera mención científica del Sacha Inchi (Plukenetia Volubilis) fue hecha en 1980, a consecuencia de los análisis de contenido graso y proteico realizados por la Universidad de Cornell, que demostraron el alto contenido de proteínas (33%) y aceite (49%) de las semillas de Sacha Inchi.

Por su naturaleza, por la tecnología utilizada en su cultivo ecológico y por su proceso de extracción, es un aceite de alta calidad para la alimentación y la salud. Es el mejor aceite para consumo humano doméstico, industrial, cosmético y medicinal, y supera en contenidos proteicos a todos los aceites conocidos (de oliva, girasol, soya, maíz, palma, cacahuete).

En el Perú hay variedades seleccionadas hasta con 54% de aceite, y su proteína presenta un importante contenido de aminoácidos esenciales y no esenciales. Es rico en vitaminas A y E, contiene 562 calorías y su índice de yodo es alto, de 192.

Propiedades del Aceite de Sacha Inchi

  • Controla y reduce el colesterol
  • Previene el infarto de miocardio y la trombosis arterial
  • Regula la presión arterial y la función renal
  • Ayuda en el control de la migraña
  • Reduce la tasa de triglicéridos mejorando el riego sanguineo
  • Beneficia en el tratamiento de Crohn (inflamación del colon)
  • Ayuda a mantener una piel sana así como evitar caída del cabello
  • Reduce los problemas hormonales de la mujer
  • Reduce la presencia del asma ante estímulos alergénicos
  • Ayuda a perder peso
  • Regula el nivel de azúcar
  • Ayuda a retrasar el proceso de envejecimiento
  • Posee propiedades antiinflamatorias en enfermedades articulares (artritis, reumatismo, arteriosclerosis, osteoporosis)
  • Combate el cansancio, estrés, agotamiento nervioso y mental, irritabilidad e insomnio

Vaya Vallejo


(como que se me pasó por la cabeza el "disculpen la tristeza" del poeta y caballero peruano de triste figura) que se me ha escapao... parafraseando, perdóneseme la austeridad: sólo quería mostrar el escritorio desde donde escribo esto.

Es domingo de septiembre


y, como todo septiembre, hay festival de jazz en la plaza. Creo que el de este año ha sido bastante flojo, porque no me ha gustado ninguno de los intérpretes que me ha despertado a mediodía; me resulta imposible disfrutar a imitadores tímidos de Charlie Parker o Carles Benavent. Si tuvieran más cojones de imitarlos a modo de arranque, pero proponiendo algo nuevo sobre el final, quizá estaría sentado en alguna terraza y no reportando esto. Encima se les aplaude: por el esfuerzo, supongo, pero por poco más.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Acabo de nacer


al mundo de la red. No tengo ni idea de cómo se hace un blog; tampoco he visto ni seguido ningún otro. Sólo quiero escribir aquí lo que se me ocurra buena o malamente, y con ello hacer un intento más de luchar contra la inconstancia del que osa ser escritor.

No vivo muy mal: con sólo el dinero de mi trabajillo mileurista llevo vida de millonario. No robo ni estafo a otros, sino que cada vez necesito menos y, como los ricos, hago lo que me da la puta gana pero sin tener sus problemas de sueño. Aunque un poco de problemas tengo, sí, sobre todo en verano, en que la plaza hierve de gente que no es del barrio y emana un hiroshímico hongo -con olor a hachís, cerveza y sobaco sin deodorizar- que en ocasiones me fuerza a dormir más tarde de lo que quiero.

Vivo en la plaza. Me alimenta, y la respiro, hace ocho años. Lo que pase por ella pasará por mí también, y la parte de propiedad que tengo sobre ella me autorizará a publicarlo.